AÑO 1968

1968 fue posiblemente el año más importante de la historia de la segunda mitad del siglo XX. Enumerando los hechos nos sorprenderá la cantidad e importancia de cada uno de ellos y de todos en conjunto, sucesos que marcan un cambio de tiempo. Aquél año comienza la retirada estadounidense de la guerra de Vietnam, el cambio que llevará a la firma de los tratados de paz de París de 1973. La Primavera de Praga marca un período de liberalización política, que duró desde enero hasta agosto cuando el Pacto de Varsovia invade Checoslovaquia. Christiaan Neethling Barnard realiza el segundo trasplante de corazón. El 4 de abril muere asesinado Marthin Luther King por James Earl RayEl Mayo francés, o Mayo de 1968, se desarrolla con las protestas que se llevaron a cabo en Francia y, especialmente, en París, durante los meses de mayo y junio. El 4 de junio muere Robert F. Kennedy, asesinado por Sirhan Bishara Sirhan y gana la presidencia quien luego hubo de dimitir por mala praxis, Richard Nixon. En Mexico, tras la matanza en las plaza de las Tres Culturas, se celebra la que aún hoy en día es considerada la mejor Olimpiada de todos los tiempos, en la que se obtienen récords históricos como el de Beamon y Fosbury y hace presencia el Black Power en el podio. El Apolo 8 entra en órbita lunar, con Frank F. Borman II, James A. Lovell, Jr. y William A. Anders. El 22 de enero muere Duke Pahoa Kahanamoku, reconocido por todos como padre del surf moderno. Yuri Gagarin fallece el 27 de marzo de 1968. Jim Clark, piloto británico de automovilismo, el 7 de abril, Marcel Duchamp el 2 de octubre y John Steinbeck el 20 de diciembre. Se estrenan 2001 una odisea del espacio, de Stanley Kubrick y el Planeta de los simios de Franklin J. Schaffner. En música se fundan las bandas Deep Puple, Led Zeppelin, Black Sabbath y Yes. Los Rolling Stone publican Beggar’s banquet, los Beatles crean Apple Records y lanzan The White Album. Y no lo olvidemos, Massiel gana con el La La La el Festival de Eurovisión. Para rematar, en la tele se estrena Hawai 5-0. Y probablemente, 1968 fue el mejor año de mi vida. Aprobé todas las asignaturas a las que me presenté en la Escuela de Arquitectura, aprobé el examen de ingreso en Bellas Artes, todos en mi familia estaban felices y sanos y disfruté de un verano de olas, amigos y sol inolvidable.

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Cuadernillo de los Campeonatos

organizado por el

Waikiki Surf Club

en Makaha, Hawaii.

1969.
Alfonso Biescas.
Cartel para un campeonato de Mini-basket

Volvamos a la historia del surf de aquél año tras la introducción necesaria para comprender el contexto de esta crónica. En el invierno que siguió, la ilusión hizo que me moviera. Además de las cartas que nos escribíamos los surfistas, recordando y soñando con momentos de playa y olas, necesitaba expresar a la sociedad la pasión que sentía y como se cuenta en otra parte, establecí contactos con la Federación Española de Esquí Náutico. En alguna otra visita que les hice, me pasaron un folleto de los Campeonatos Internacionales de surf a celebrar en invierno de aquél año, organizado por el Waikiki Surf Club. En él se incluía una nota añadida en hoja separada que  rendía homenaje a la muerte de Duke Kahanamoku, documento que me animó a escribirles pidiéndoles una foto suya y a la que amablemente me contestaron diciéndome que me la enviarían en breve, pero que, lamentablemente y muy a mi pesar, nunca recibí.

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Seguía en la universidad, estudiando arquitectura en la para mi durísima soledad de una ciudad con la que nunca me he identificado y de la que he huido siempre que he podido. Pero ahora tenía un sueño que se había hecho realidad. 

Mientras estudiaba, hacía en un taller de arquitectura de lo que ahora se llama becario y en aquellas épocas aprendiz e incluso pinche. Allí iba cada día las hora en las que no tenía clases o que estudiar y allí me tuvieron que oír de mis aventuras con las olas mientras dibujaba con los rotrings y el paralex plano tras plano. O iba a por los cafés de los que componían el equipo, que eran bastantes entre arquitectos, aparejadores, calculistas y delineantes. Allí aprendí a ser el último mono y a trabajar en equipo, a coordinar.

Entre otras aventuras en aquel estudio he de contar la siguiente. Corría creo que el mes de febrero y llegó al estudio un vendedor de libros a domicilio de los que antes había. Fue pasando de mesa en mesa ofreciendo su catálogo hasta que llegó a la mía, la última, claro. Y en mi inocencia me pilló.

Como el hombre insistía le dije que si tenía algún libro que hablara de surf en castellano, se lo compraba. Ocurrencia la mía, ya que salió corriendo y al cuarto de hora me plantó en la mesa los 6 tomos de El DICCIONARIO DE LOS DEPORTES, en el que en el último tomo había una entrada que entre alguna barbaridad comentaba que era el deporte nacional australiano.

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Otra cosa que se me ocurrió e hice en los ratos en los que no tenía que dibujar o rotular algún plano ni tenía que ir a hacer recados en aquél estudio de arquitectura fue dibujar y recortar en una lámina autoadhesiva de PVC, es decir, en Aironfix rojo, un 6 o quizás una G con el que decorar la tabla, tan blanca. Además de darle un punto de alegría intentaba decirme a mi mismo que ya tenía un pequeño nivel en las olas, algo que calificaba con un 6 lo cual ya era bastante güeno. Una tontería, consecuencia de la felicidad que me producía aquél mundo de olas. Porque aquellos días los recuerdo como los más felices de mi vida.

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La verdad es que cualquier referencia al surf me llegaba al alma. No lo podía evitar. Los sueños pueden llegar a ser intensos, profundos, pero cuando uno es joven y los vive en soledad, pueden llegar a obnubilar.

Para dar una idea de aquella locura feliz que me embargaba,  recuerdo como por aquélla época estaba muy de moda la bossa nova y aquél año uno de los grandes creadores del ritmo, Antonio Carlos Jobim, sacó un LP que se llamaba Wave. El disco se había grabado en octubre del año 1967, pero llegó a las tiendas en 1968. Naturalmente tardó poco en pasar a formar parte de mi discoteca personal, tras las semanas necesarias en mi humilde economía para ahorrar el dinero que costaba .

Terminó el año escolar y con la alegría de haber aprobado todas las asignaturas del curso de arquitectura y el ingreso en Bellas Artes, salí corriendo hacia Zarauz, a disfrutar de las vacaciones de verano. A recuperar la vida, la luz, el mar, los amigos y las olas. Decía mi padre en aquél tiempo, que vivían en mí dos personalidades: la invernal, resignada, gris, recluida y posiblemente triste y la que aparecía en verano cuando cogía la tabla y salía de casa al amanecer para ver el mar, coger olas y vivir. 

Y como prueba de aquél sentir queda la comparación entre la amarga pero interesante obra gráfica que había hecho en aquellos duros años, tal como explicaba en el capítulo del año 1967, en oposición al colorido y atrevido cartelismo pop con acentos de la sicodelia al que me dedicaba desde aquél verano, expresión explosiva de lo que vivía y sentía.

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En uno de los primeros días de playa de aquél verano del 68, cuando todavía no habían llegado de vacaciones muchos de los otros surfistas, vi en el agua a quien luchaba por coger olas. Cuando salió me acerqué y vi que estaba usando una de las tablas del Club Euromar. Se lo comenté y me dijo que se llamaba Óscar Elizalde, e iba a dirigir dicho club ese verano.

A lo largo de aquellos primeros días de julio fueron llegando los amigos que ya cogían olas el año anterior y volvimos a encontrarnos en la playa, a veces en la orilla y muchas otras en las olas. A los que ya éramos se sumaron otros, bien desde el principio, bien a media temporada. Entre ellos a destacar nuevos miembros del Club Euromar, como César y Naro Echegaray, que se apuntaron al surf. Seguíamos creciendo en un movimiento imparable que no ha cesado desde entonces. Otro amigo que conocimos en aquél verano fue Gabriel Villegas, quien a pesar de no llegar a hacer surf, vivió el ambiente y fue fundamental en las gestiones para crear alguna forma de asociación o federación, tal como se cuenta en la debida sección. Probablemente ya por aquellas fechas había otros surfistas que por no pertenecer a nuestro grupo quizás he olvidado. Gentes como Alfonso Vitórica y su hermano pequeño. Y quizás todo el grupo de Valladolid entre los que se encontraban Chuchi y Azulín Mateos y toda la familia de los García Abril, con Ñako, Nano, Alfonso y el pequeño Papú.

Los seis volúmenes del

Diccionario de los deportes

Las dos páginas en las que se

incluye la explicación del surf

Wave
Antonio Carlos Jobim
A&M Records
1967

Con todo ello quiero explicar que aunque éramos muy pocos, empezábamos a parecer muchos. El Club de Surf Euromar compró más tablas, creo que tres o cuatro más, entre ellas una Hawaii Surfboard. Era la primera vez, creo, que veíamos y probábamos una tabla que no fuera una Barland/Rott y, a decir verdad  nos impresionaba, porque el horizonte se iba ampliando progresivamente. Es muy robable que estos comentarios puedan parecer cómicos cuando no ridículos leídos en nuestros días, pero la historia hay que comprenderla desde su contexto, se ha de hacer un esfuerzo de ubicación temporal para interpretarlos.

1960.

Restos de un carte fotográfico de

Donald James

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En la playa se nos empezaba a respetar, ya habíamos sacado a algún bañista en peligro. Recuerdo a una señora que durante muchos veranos nos dijo que nos deberían dar una medalla, porque íbamos sumando méritos al ayudar a tantos que se hubieran ahogado de no haber estado nosotros con las tablas. Creo que hasta los 70s no hubo un servicio de socorrismo que permitiera una cierta seguridad y fue gracias al vigilante jefe, Timón, que con los prismáticos oteaba el mar continuamente y que por megafonía pedía a los pocos surfistas que en aquellos días éramos, que fuéramos a socorrer a quien las corrientes le estaban haciendo pasar un mal trago. Como anécdota podría contar que entre los muchos que salvamos, solo uno me dio las gracias. Como todos, desconcertados por el pánico o la vergënza, olvidaban agradecer la ayuda. Si este lo hizo fue días después, cuando se nos acercó a darnos la mano y decir que nos debía la vida. Ello dio muestras de la calidad humana de aquella persona.

En alguna tienda de San Sebastián se podían encontrar fotos de los años 60 de Donald James con todos los grandes surfistas de la época en grandes olas. Preparadas para enmarcar, eran la ilusión de quienes las mirábamos desde el escaparate. Pero nuestra economía de estudiantes universitarios era muy limitada y daba para pocos lujos. En verano no ganábamos dinero y dependíamos económicamente de lo que nuestros padres nos pasaban semanalmente, que siendo muy de agradecer, daba para cafés y justo justo. Aunque a decir verdad, lo estirábamos gracias a la ayuda que en ocasiones, recibimos por otros caminos.

1968.

Fotogramas de super8

Alfonso Biescas

Archivo B&B

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Y cuando digo esto me refiero que a veces caía un diseño, un cartel o podía vender algún dibujo, porque desde mi infancia los lápices y colores me han acompañado. Otro hecho que calificaría de histórico fue que quienes gestionaban la Cafetería la Marina, atentos al fenómeno que se estaba iniciando, nos ofrecieron meriendas de chocolate con churros, con bolado incluido, si hacíamos surf delante de su terraza, porque los turistas entretenían las horas mirando cómo cogíamos olas, cómo nos caíamos y luchábamos con un mar que hasta entonces era un elemento casi desconocido, al que había que tener respeto porque según se decía, era traidor, porque no sabían sus leyes físicas, algo que nosotros comenzábamos a aprender. Y he de hacer aquí hincapié en la generosidad que mostraron, pues cuando se acababan los churros, de los cuales nos servían grandes fuentes, nos daban pan con mantequilla. Porque alimentar a cuatro o cinco jóvenes que se han pasado dos horas en el agua es una tarea que definiría como difícil sino inacabable. La verdad es que recuerdo aquellas meriendas como un punto más en la culminación de un momento feliz, en una sucesión de días maravillosos.

Es gracioso constatar que aquello fue el principio del profesionalismo del surf en el país, con un sponsor lugareño y afectuoso, de trato familiar, casi maternal.

Aunque aprovechábamos la suerte de poder merendar gratis, no creo que hiciéramos surf para que nos vieran o admiraran. Pero faltaría a la verdad si dijera que esto no nos motivaba. No nos desagradaba que esto sucediera. Por mi condición hasta entonces de adolescente tímido y gris, esto me ayudó a centrarme y a tener mayor seguridad, aprendiendo a enfrentarme a la vida, algo que probablemente por mi juventud no poseía en demasía. 

De hecho, jamás se me había acercado ninguna chica interesada en mí, que si la hubo bien que lo disimulaba. Con el surf las cosas cambiaron, me sentí admirado, respetado, por jóvenes muy atractivas que se acercaban con cualquier disculpa. Incluso recuerdo mi estupor cuando una tarde, caminando hacia casa con la tabla a cuestas y probablemente la felicidad reflejada en mis ojos, tres chicas muy guapas se me acercaron y me preguntaron si podíamos ir a una fiesta que estaban organizando. Ante la sorpresa por su propuesta, y probablemente tartamudeando por timidez, les pregunté que a quiénes me decían que estaban invitando, a lo que me respondieron que surfistas, los surfistas. Perplejo, seguí mi camino pensando, meditando y valorando lo que el surf estaba significando.

Con ello quiero incidir en que el surf fue muy importante para nosotros a todos los niveles. Además de la parte lúdica, del placer que nos proporcionaba jugar con las olas en compañía de buenos amigos, de fortalecer nuestro cuerpo en unos años en los que la sociedad no hacía mucho deporte, de ver como estábamos creando una influencia o tendencia positiva en la modernización de la sociedad, he de destacar lo que nos estaba ayudando a madurar, a crecer, a desarrollar la personalidad, el carácter, cada uno el suyo. De hecho recuerdo que más de uno que hoy pertenece a la leyenda del deporte por sus logros y por su carisma, me comentó en su momento lo que le ayudó el surf a crecer, a madurar, a sentirse seguro en un mundo que íbamos descubriendo. Hay a quienes les ayudó la amistad de los demás o la simple satisfacción de vencer al mar, de ayudar a quien tenía problemas con las corrientes. A otros fue, posteriormente, el obtener un buen resultado en algún campeonato. No soy sociólogo, ni psicólogo pero creo que es indudable, es un hecho, que el surf fue y es una terapia para aquellos que lo practican, una ayuda a la educación y desarrollo personal. Esto es algo que percibí en aquél año y que he ido corroborando en la vida, hasta ver como actualmente se recomienda como terapia contra el estrés, la ansiedad, e incluso el autismo. Hay tesis que lo aconsejan para mejorar la coordinación, la concentración y el desarrollo físico y mental, así como el neurodesarrollo. Al ser un ejercicio sensorial por estar en contacto con la naturaleza por ver, oír, tocar, oler y saborearla por el simple hecho de estar en el agua, con el sol y la brisa, despierta emociones, sentimientos que salvo casos negativos, se traducen en el desarrollo de sensaciones placenteras, lo que acaban liberando serotonina y endorfinas, recompensa positiva que el cuerpo nos entrega. A nivel personal puedo contar una anécdota. No soy propenso a las depresiones, soy más bien un tipo feliz, pero una tarde de aquel verano me sentí muy triste, con una amargura que no conocía y que no tenía una razón aparente. Sentado en una silla de la playa analizaba qué me estaba pasado, a dónde había ido mi felicidad natural. Y no encontraba respuesta. Miraba al mar y tampoco tentaba mucho entrar. Pocas olas y malas, nadie en el agua. Pero decidí ir a por la tabla, meterme al mar y tratar de olvidad aquél estado negativo.

No cogí grandes olas, no tengo memoria de haber disfrutado mucho en ninguna de ellas, pero cuando salí, quizás un par de horas después, estaba feliz, eufórico quizás. La depresión había desaparecido, volvía a ser yo, con mis virtudes y defectos. El surf me había sacado del agujero. Y ya que hablo del surf como terapia he de contar otra historia que me sucedió y que he comentado con varios médicos, surfistas estos o no. En aquél maravilloso verano, un día me levanté con un ataque de lumbago importante. Siempre he sufrido de este mal pero aquél día no me podía mover. Bajé a la playa y no me podía tumbar, por lo que me senté al revés en una silla, apoyando los brazos en el respaldo y con los riñones al sol. El día era precioso, de temperatura y luz maravillosa, no había apenas brisa y a la orilla llegaban marías de un tamaño perfecto que para colmo rompían bien. Dada la tentación y el estado de mi cuerpo pensé que si entraba remando de rodillas y me estaba quietecito en el pico, aunque no cogiera olas, podía disfrutar de la naturaleza y los amigos que en el agua estaban. Y así lo hice. Allí estuve hasta que sin darme cuenta remé, cogí una ola, me puse de pie, me fui por el escape y me dí el gusto. Y fue en el instante en el que hice el pull out, dejando pasar la ola, cuando me dio el pinchazo, tremendo. Mientras estuve en la ola no senti dolor o incomodidad, lo que en aquél momento me demostró que el estado de concentración que se alcanza en la ola, así como de comunicación e integración con la naturaleza, nos transporta a un estado en el que la mente ignora las taras físicas  

Había pasado un año desde que estrenamos el tablón Juan Ignacio y yo. Y ya se podía afirmar que existía una cultura del surf en Zarauz. Limitada, indudablemente, pero con una gran fuerza pujante que arrastraba a la juventud hacia las olas.

El 3 de agosto de aquél verano se celebró frente al Gran Hotel el que probablemente fue el primer encuentro de surfistas. Oscar Elizalde, que llevaba la dirección del Cub Euromar y por ello su sección de surf, contactó con Jo Moraitz quien se vino a Zarauz con un grupo de surfistas franceses para realizar una pequeña exhibición junto a algunos de los que éramos miembros del club. Recuerdo que participamos, Juan Ignacio Aguirrezabala, Oscar Elizalde, Andoni Eizmendi, Jose Carlos Martínez de Aranguren, Vicente Porta, Juan Sañudo y yo. Creo recordar que hubo tres mangas en la que en cada una, mezclando franceses con locales, corrían entre 7 y 8 surfistas. Hizo un día precioso y se nos citó frente al Gran Hotel. No hubo muy buenas olas y recuerdo como en alguna coincidí con Jo Moraitz que me daba consejos, como profesor que ejercía en el aula. La verdad es que nosotros éramos demasiado malos para competir con aquella gente, con años de experiencia, que controlaban mucho más.

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03 de agosto de 1968

Cartel encuentro

Archivo B&B

No recuerdo que se eliminara a nadie ni se celebraran semifinales o finales. Como bien decía el cartel, fue un encuentro en el que nadie ganó ni perdió. Una reunión en la que, aunque se nos trató amablemente a pesar de su paternalismo, siempre fue de ellos, quienes se lo guisaron y comieron. Y digo esto porque terminó con una comida a la que no fuimos invitados. 

Juan Ignacio Aguicerrabala (7º por la izq)
Vicente Posta (8º por la iz)

Foto Gar

Archivo Arana

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Oscar Elizalde (3º por la iza)

Alfonso Biescas (6º por la izq)

Jose Carlos Martinez de Aranguren (7º por la izq)

Foto Gar

Archivo B&B

Juan Sañudo (1º por la izq)

Andoni Eizmendi (2º por la izq)

Fotograma Super8 B&B

Archivo B&B

En las fotos se puede ver la diversidad de tamaños de las tablas. Por aquellas fechas algo empezaba a cambiar, las tablas decrecían en longitud y peso aunque mantenían la misma forma, eran malibús que se reducían. Los que llevabamos las más grandes eramos los locales, que seguíamos en el limbo de la inocencia. Creo que todas las tablas eran Barland/Rott salvo una Hawaii Surfboard que es la que usaron Juan Ignacio Aguirrezabala y Oscar Elizalde. 

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6Fotos de Gar

Archivo B&B

Gar, siempre fiel a cualquier evento, cumplió con la información gráfica, cubriendo el evento con fotos que hoy son históricas y que como tal han aparecido en alguna exposición e incluso de las que se venden copias, probablemente piratas.

Sobre de negativos

Foto Gar

Archivo B&B

3 de agosto de 1968

Marisol Álvarez

Unidad

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Las gentes, veraneantes y localess empezaban a mostrar cierto interés y curiosidad en lo que estábamos haciendo. El inolvidable Torito decía que nunca había estado el mar tan bonito como ahora, tan animado siempre con un grupo en las olas. Y él, a quien siempre he admirado como corredor y persona, tenía mucho criterio porque corría por la orilla cada día muchos kilómetros. Otros, como Román Oyarzun, embajador del Cuerpo Diplomático español, se interesó por coger olas y se me acercó para preguntar en dónde podía alquilar una tabla, a lo que me ofrecí a dejarle la mía y aconsejarle en las primeras olas para que aprendiera. Los niños, siempre despiertos, curiosos y activos, trataban de coger la tabla cuando se nos escapaba y coger alguna ola mientras llegábamos a la orilla.

Sorprendentemente la prensa se hizo eco del evento, o quizás fue que el certamen sorprendió a la prensa y aprovecharon para llenar los huecos que provocaba la falta de noticias por las vacaciones. De aquél momento quedan constancia estos tres recortes, uno de ellos firmado en Unidad por nuestra querida Marisol Alvarez, hermana del que posteriormente sería un querido amigo y surfista, Carlos.

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Eran hechos cada vez más habituales, veraneantes que nos preguntaban cómo empezar, en dónde comprar tablas. Así sucedió con los hermanos Martínez de Albornoz, Fernando y Carlos, quienes con Perico a la cabeza se acercaron e interesaron, y tras darles tres consejos, se fueron a Biarritz y compraron un par de tablas muy interesantes. Una Gordon & Smith verde, auténtica y maravillosa Malibú, con la que se cogían unas olas sensacionales, mil veces mejor que con nuestras Barland/Rott y que casualmente aparecía en un cartel en el que se publicitaba el surf en Biarritz. La otra era una Hobie que ya aportaba las primeras tendencias del cambio, pues tenía diseño y medidas muy del momento, lo que en el Surfer Magazine llamaban miniboards o simplemente minis y que reducía considerablemente la longitud y peso de la tabla, marcando cantos y desarrollando rocket. 

Aunque eran tablas particulares, los Martinez de Albornoz las prestaban y si bien la Gordon & Smith era muy valorada, la Hobie no la quería nadie porque costaba mucho remontar con ella. Era la primera reducción y probablemente no estábamos preparados ni física ni anímicamente para tablas tan pequeñas. La Gordon & Smith pasó con los años a ser propiedad del servicio de socorrismo. Se le añadió una especie de maroma que rodeaba la tabla por los cantos para que quien estaba en apuros pudiera agarrarse cuando el socorrista llegaba con ella a salvarle. Intento que probablemente no funcionó porque supongo que remar y remontar con aquel extra de ancho debía agotar y arañar los brazos del socorrista y porque quien se ahoga no se anda con florituras y se tira en su desesperación a subirse a la tabla.

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03 de agosto de 1968

​Sábado Gráfico

Agosto 1968

Diario Vasco

Cuando sacamos al primer bañista en apuros, las cosas comenzaron a cambiar. Dejamos de ser para la sociedad un grupo de jóvenes amables pero irresponsables y quizás algo trastornados en el magín de alguno, para ser gentes que sabían del mar, que ayudaban en las tareas de socorrismo y llevaban una vida sana, sencilla y feliz.

Otro quien se compró una tabla fue mi hermano Ángel, como ya lo he comentado en el apartado de 1967. Una Bilbo, que también se la robaron y que encontramos unos días después tirada en la arena, frente al palacio que hoy es el restaurante de Carlos Arguiñano. El parque de tablas iba en aumento, crecía y el Club Euromar compró otras tres. Si hacemos cuentas, en la playa habría ya unas 15 entre las que se encontraba la de Gonzalo Taboada, otro personaje interesante de la época.

El Club Euromar estuvo muy activo en aquellos años y organizó bastantes fiestas. Fue un verano muy divertido pues además del surf y la playa, los amigos y las vacaciones, había muchas reuniones. Recuerdo haber ganado una botella de champagne (yo que no bebía nada) en un baile de disfraces en donde me sentí íntimamente feliz porque allí noté como aquella comunidad me apreciaba y no hay nada como el afecto y la felicidad para darle a un joven seguridad y con ello carácter, personalidad.

Volume nine. Number four.

September 1968

Surfer Magacine

Archivo B&B

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En aquél mes me llegó la primera revista de mi subscripción a Surfer magazine. Habían pasado 6 meses desde que la gestioné, los tiempos para esas cosas en aquélla época eran mucho más lentos que en la actualidad, el mundo era muy grande y todo estaba muy lejos. Además de la alegría que suponía el hecho de ver fotos y leer artículos de surf, nos ponía al día de unos cuantos conceptos, ya que por primera vez oímos hablar de las miniboards, como entonces se llamaban. 

Algo ya sabíamos, habíamos oido hablar del fenómeno y veíamos como los que venían de fuera usaban tablas más cortas que las nuestras. Los Martinez de Albornoz habían traído la primera, el mundo del surf empezaba a cambiar.

Fue gracias a esta revista y a todas aquellas que llegaron con posteridad durante muchos años, a las horas que pasé tratando de leer aquellas páginas, como aprendí inglés con un diccionario en la mano. Nada como una ilusión importante para superar las barreras de las lenguas. Posteriormente, chapurreando lo poco que hablaba con los surfistas que en aquél año y los posteriores se fueron acercando por nuestra playa y con los que tomé un café y traté de hablar, fui mejorando hasta llegar a tener un cierto nivel sin haber tenido que pasar por una escuela. Algo que me permitió después trabajar en el extranjero y entenderme.

En aquellos años Zarauz era un lugar mágico. La villa había vivido en el pasado momentos de esplendor con los veranos de la aristocracia, pero en los años 60 alcanzó cotas muy elevadas de gloria. Creo que todos los que vivimos aquél tiempo, recordamos aquellos veranos como un tiempo inolvidable, no por ser jóvenes sino por muchísimas circunstancias positivas y agradables que, reunidas en el lugar crearon un tiempo en el que todos, de todas las edades y circunstancias, fueron muy felices. En la serenidad de una orilla que estábamos alborotando, la vida discurría por el contento.

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Como decía en líneas anteriores, aquél verano fue una ininterrumpida serie de días radiantes, todos ellos, uno detrás de otro y en fila. Fue un tiempo que recuerdo como una sucesión de momentos felices, muy felices.

A mi entender, todo era perfecto, de principio a fin, desde mis aprobados en las Escuelas de Arquitectura y de bellas Artes hasta cuando el tiempo se agotó en otoño tras vivir momentos radiantes con amigos inolvidables. Fueron unos meses mágicos de olas. Cada día era una nueva pequeña alegría, hechos quizás pequeños pero que me colmaban de dicha, como la llegada del primer número de la subscripción a Surfer Magacine, hecha tantos meses atrás como antes comentaba. Fue un delirio tener otra, además de la que me dieron en la Federación de Esquí Náutico que ya tenía muy manoseada. Fotos y artículos nuevos, textos que tenía que destripar con el diccionario. Y productos como la pegatina de Murphy por el genial Rick Griffin, o incluso la humilde y sencilla del Surfer, que todavía sigue en mi viejo VW escarabajo.

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Todo el bienestar que insisto viví, consecuencia de tantos sentimientos positivos reunidos en aquellos días,  era inevitable expresarlo en diferentes formas, desde la humana y social, hasta la artística. Casi toda mi obra gráfica fue evolucionando hacia un cartelismo psicodélico y colorido que centraba en el surf cuando trabajaba como experimentación o simple disfrute profesional. Un trabajo que me entretenía y que me permitía seguir viviendo mi pasión por las olas mientras creaba y me desarrollaba plásticamente hacia el futuro.

Y como siempre, por desconocimiento de técnicas y por carencia de un equipo como con los que se trabaja actualmente, lo hacía sobre papel vegetal con Rótrings y cuchillas Guillette, una forma de trabajo que me permitía hacer copias de bajo presupuesto, copias que luego tenía que colorear una a una a mano, usando rotuladores Edding, marca que ofrecía una buena gama de color pero que se cortaban como la acuarela, por lo que tuve que desarrollar una técnica que obligaba a tener precisión y paciencia. Otro problema que presentaba este método era el pestazo a amoniaco de la copia y después el de los rotuladores, que acababa intoxicando

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1968

Cartel surf

Archivo B&B

Otra actividad artística a la que me dediqué a partir de aquél verano fue a decorar champeros. Los pintaba con rotuladores Edding con temas en estilo pop muy simple y colorido, generalmente florido, que luego se podían barnizar. Era la versión humilde de la moda imperante en aquellos años, en donde el Flower power florecía y alcanzaba hasta a los fabricantes de tablas. La verdad es que aquello tuvo éxito y en las tardes sin olas tenía cola de niños que me lo traían para que se lo pintara.

Detalle de champero

Archivo B&B

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Durante todos aquellos meses felices, bien en la playa, bien tomando un café, siguieron las conversaciones con Gabriel Villegas, los amigos del Club de Surf Euromar y los Martinez de Albornoz, con Perico llevando la voz cantante. Poco a poco y siguiendo los consejos de quien podía darlos en cada aspecto, se fueron definiendo lo que pretendíamos hacer y por donde podíamos o debíamos iniciar el recorrido que nos llevara a la creación de la Sección Nacional de Surf, algo que trato de explicar en la sección dedicada a ella en esta web. Fueron tiempos de organización, proyectando una ilusión hacia el futuro.

Cuando el verano terminaba, ya en otoño, allá a finales de septiembre, aparecieron por Zarauz un par de surfistas de la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha. Uno de ellos era John Manning a quien con los años me unió una buena amistad. Venían viajando por la costa atlántica de Francia y se acercaron a Zarauz porque, según nos contaron, les habían hablado de un grupo muy activo, con fuerza y capacidad de crecimiento. No hemos de olvidar que por aquellos años, salvo en Newquay en Cornwall, Inglaterra, Jersey en el Canal y Biarritz en Francia, había poca gente cogiendo olas. En nuestro primer contacto y después de informarles un poco sobre el estado del surf en la villa, nos invitaron al Campeonato de Europa del futuro año. Indudablemente, esto significó un auténtico shock por lo que significaba. Creo que no nos esperábamos algo así y fue un acicate más para seguir adelante con el desarrollo del deporte que nos había dado tantas alegrías.

He dudado mucho cuando he intentado situar este encuentro. Lo recordaba en el otoño del 69. Pero al comprobar las fechas del Campeonato de Europa y encontrar en mis archivos el cartel del primer campeonato que organicé, me han obligado a citarlo en el final del verano de 1968. Espero no haberme confundido y llevar a engaño a quien le interese la historia de nuestro deporte en la costa cantábrica.

Las vacaciones de verano acabaron. Dejé la tabla, las olas y Zarauz. para volver a los estudios, a las carreras. Siendo duro este cambio, la ilusión y un maravilloso recuerdo hicieron que todo fuera mucho más llevader0.

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Lo que sí recuerdo con cierto humor es como puse en el coche de mi padre la pegatina de Murphy que había comprado en Surfer Magazine. Creo que aquél invierno le pedí el coche más de lo habitual, solo por darme el gusto de pasearme con el trabajo de Griffin pegado junto a la matrícula.

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