AÑO 1967

Aquél momento vivido con la tabla de Carlos Pradera el verano pasado se quedó grabado en mi recuerdo, en mi inconsciente y subconsciente. En el corazón y quizás hasta en los riñones, porque desde ese momento la ilusión de hacer surf se convirtió casi en obsesión. Este es un sentimiento que han experimentado todos aquellos que hoy cogen olas por el mundo. Probablemente fue un deseo que yo exageré al no haber posibilidad material de conseguir una tabla. Un sueño que no olvidé sino que desarrollé y se fue fortaleciendo. Si Carlos podía, yo también.

Aquel sueño se fue asentándo en mi, fue ocupando todo el espacio que existía en mi pequeño mundo de adolescente. Un mundo que se volvía tremendamente gris en invierno en una ciudad que nunca fue la mía, estudiando una carrera que me desbordaba y frustraba por ser mis proyectos incomprendidos y suspendidos, un tiempo sin amigos que me distrajeran de mis miedos y obsesiones, que me animaran con sus alegrías. Amigos con quienes compartir y con quienes vivir la juventud y el estudio.

Creo que para comprender la fuerza de mi ilusión, la que hizo que meses después arrastrara a otros a coger olas es importante comprender la soledad a la que me enfrentaba en aquellos meses de inacabable curso académico. La soledad que me rodeó en aquella ciudad, en aquella carrera, hizo que dejara de vivir la vida para vivir los sueños, desarrollando estos con inusual fuerza, viviendo en mí ya que no podía vivir con otros.

En mi soledad pasé el curso escolar 66/67 pensando en Zarauz y lo que este lugar representaba para mi: las vacaciones, los amigos, la playa, el sol, la naturaleza, el mar. A estos valores, que son los que me mantuvieron vivo y cuerdo, añadí el sueño del surf, de las olas y el sueño de gobernarlas, disfrutarlas, vivirlas y comprenderlas, compartirlas.

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Acabando el curso encontré en una tienda unas auténticas bermudas Catalina. No sé cómo, pero las compré. Era el primer paso que me adentraba en un mundo que deseaba. Y no miento cuando digo que aquél traje de baño significó mucho. No entendía porqué tenían cinturilla alta y unas cuerdas para atar, ni porqué carecía de braguilla. Ni me importaba. Eran bermudas, algo que había visto que los surfistas llevaban y eso era suficiente, era una aproximación al sueño. En aquellos años, todos los que bajaban a la playa, salvo cuatro despistados que vestían una especie de braga atómica, que siempre fue mal vista en la época, vestían un traje de baño discreto y azul, una especie de boxer de la casa Meyba. La aparición de mis Catalina con otro patrón y con el estampado tradicional hawaiiano de hibiscos en blanco y azul fue una

sorpresa para muchos, una ruptura de lo establecido por una sociedad muy clásica. Recuerdo que alguna señora me llamó inmoral, supongo que por romper los cánones, porque más largas y pudorosas no podían ser. Si cuento todo esto es para hacer comprender lo importante que para mí llegó a ser el deseo de hacer surf, de coger olas. Cualquier cosa que tuviera relación con ello me emocionaba. Todo lo que formara parte de ese mundo deseado, me ilusionaba intensamente.

Era un tiempo de cambio. Por aquellos días los Beatles acababan de publicar Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. El arte y los movimientos juveniles estaban tomando el camino de la sicodelia y con ellos yo me dejaba arrastrar hacia otras formas.

Como decía en otra parte, en aquella sociedad, en aquellos años, en la playa nos conocíamos todos. O mejor dicho, todos nos conocían, ya que nosotros éramos los jóvenes y eran los mayores los que comentaban. Por ser conocido, por saber todos que era buen chaval, nadie me recriminó, no pasó nada y yo seguí feliz con mis bermudas, sintiéndome surfista aunque no lo fuera. No creo en el destino aunque soy de los que piensan que las casualidades no existen. Y si digo esto es porque un día de julio, caminando por la calle de San Ignacio, la que actualmente es la calle Guipuzcoa, pasé por delante de Itxasoa, la tienda de material náutico del hijo de Carlota, la farmacéutica, tienda que estuvo casi enfrente de la casa del inolvidable médico que desde siempre, desde niños, nos había curado, Don Evaristo Uranga. Caminaba solo y tranquilo, pensando en mis cosas cuando, al pasar, el escaparate me sorprendió con lo que nunca pensé que pudiera encontrar en Zarauz, una tabla de surf.

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Blanca, inmaculada, resplandeciente, me llamaba. No dijo mi nombre ni gritó, pero sentí la atracción que en mí producía. Me quedé clavado ante la luna del cristal. Entré a admirarla. La miraba y la remiraba, la acariciaba y la volvía a mirar. Nada entendía de tablas en aquél momento y probablemente nada entiendo de ellas ahora, pero me parecía la tabla más bonita que podía imaginar. Blanca, con la etiqueta con los colores y logo de Barland/Rott pegada en su tercio trasero tenía una quilla que nunca había visto. Hasta ahora todas las que había tenido la fortuna de admirar en fotos, o la misma de Carlos Pradera, tenían una quilla casi recta, con una ligera curvatura en la línea de incidencia, un modelo que podríamos definir como clásico. Esta era diferente, una quilla de segunda generación, llena de curvas, que hasta entonces no había visto nunca.

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Estado actual de la etiqueta de la marca. Al ser un adhesivo exterior, el uso de la parafina y el cuerpo la han erosionado.

Pregunté el precio a quien amablemente se me acercó. Siete mil (7000) pesetas costaba, al cambio actual unos sesenta y tres (0042) euros. Un precio cómico para nuestros días, una fortuna para un universitario de la época, que aunque trabajaba como ayudante de delineante en un estudio de arquitectura, poco, casi nada cobraba.

Salí con la tabla cubriéndome la visión y la mente, sin saber muy bien a dónde iba ni cómo me las iba a arreglar para conseguir comprarla. Lo comenté con mis amigos de entonces y todos me tomaron por loco ya que era mucho dinero para nuestra edad y condición por un capricho que ellos consideraron pasajero, por una ilusión con poco futuro. Terminó la tarde y volví a casa. Le conté mi sueño a mi madre, cené y me acosté pensando en aquel tablón que nublaba mi entendimiento. Supongo que dormí como solo se duerme en Zarauz cuando se es joven, cuando estás en casa, y eres feliz de que así sea.

Durante los próximos días aburrí a todos con la historia de la tabla y cada tarde fui a verla, admirarla, desearla. Nunca he tenido un deseo tan intenso, intimo, profundo. Descubrí, mejor dicho me di cuenta en mi delirio, que había otra tabla al lado. Blanca con lineas azules, muy corta, quizás de un metro y medio, no más. Supuse que era lo que luego supe que entonces se llamaba paipo, una tabla para coger olas de rodillas o tumbado, una especie de champero de lujo, lo que luego aprendí que se llamaba kneeboard o bodyboard. Pero yo seguía mirando la grande, la blanca Barland/Rott, objeto de deseo, del mío.

A los pocos días, exactamente el 2 de agosto de aquel verano de 1967, cuando subí de la playa a comer, mi madre me dijo que podía ir a recoger la tabla, que me la regalaba. Había hablado en la farmacia con Carlota, de quien era buena amiga, y esta con su hijo y entre los tres habían pactado un pago a plazos, como buenamente se pudiera. 

No he de explicar aquí la inmensa alegría que me dio mi madre. Siempre la quise y siempre tuve con ella una conexión especial, pero en ese momento me demostró su cariño y su fe en mi. Y repito aquí lo que siempre he afirmado, que fue ella, Josefa Alejandra Viñao de Biescas, quien hizo posible que el surf llegara a Zarauz en aquél momento. Yo tan solo fui el vehículo que realizó el sueño. Fue ella quien creyó en un ideal y quien lo apoyó, con su comprensión, cariño y ayuda económica. Esto es algo que nunca he olvidado, que siempre he tenido presente y que he dejado saber siempre que se me ha preguntado o he tenido la oportunidad de dejar claro.

Aquella tarde, cuando abríeron las tiendas, acompañado de Juan Ignacio Aguirrezabala, fui a Itxasoa a recoger la tabla. He de aceptar que no fui capaz de ir solo, de enfrentarme cara a cara con un sueño tanto tiempo deseado, a la responsabilidad ante lo que me enfrentaba. Entendía que era mucho dinero, que no podía hacer gastar semejante fortuna y dejar que el sueño se quedara en un capricho. Si me sobraban motivaciones para hacer surf, he de añadir el compromiso que nadie me exigía pero que yo en mi interior comprendía que había adquirido con mi familia a través de mi madre.

Villa Aguilafuente

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Villa Santillana

Parafina industrial, tal como la que usábamos en los primeros días de surf

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A Juan Ignacio lo conocía desde siempre por ser vecinos. Su familia vivía en Villa Santillana y la mía lo había hecho en Villa Aguilafuente hasta hacía unos pocos años. Como era natural, durante nuestra infancia nos habíamos tirado piedras por encima de la alta valla y a veces habíamos acertado en dar a alguien, hecho que se repitió por ambos lados. Era una amistad consumada por las heridas de guerra, por los juegos de una edad inolvidable.

Salimos de la tienda Juan Ignacio y yo llevando entre ambos el tablón. Aquellos trastos pesaban alrededor de 22 kilos y yo no pasaba de 53, lo que significaba un esfuerzo, ya que es como si una persona de 80 kilos tuviera que llevar una tabla de 33, algo a lo que hasta aquél momento no estaba acostumbrado. La transportamos cogiendo uno de la punta y otro de la parte de atrás. Nada sabíamos que uno llevaba la nose o nariz y otra el tail o cola Tampoco sabíamos que aquél tipo de tablas se llamaban Malibú, pero estábamos seguros de que llevábamos algo genial, maravilloso y que nos hacía felices. 

Juan Ignacio había hecho algo de surf en Sopelana, en Bilbao y algo sabía. Me aconsejó acercarnos a la droguería a comprar parafina para poder ponernos de pie, que sino aquello iba a resbalar mucho al estar tan nueva y brillante. Yo obedecía a todo lo que me decía sin rechistar, pues además de estar perdido en la felicidad que me daba el tener bajo mi brazo la mitad de una tabla, que el resto la llevaba él, en aquél momento era el más novato del mundo, hecho que se repitió en los días posteriores, que esto de ser autodidacta de un deporte desconocido, del que no existían manuales de uso ni instrucciones, complicaba el aprendizaje. A decir verdad era un buen lío.

Recuerdo que, ya con un trozo de parafina industrial que no nos cabía en el bolsillo, subimos por la calle de los Franciscanos, mientras algunos viandantes nos miraban con extrañeza. Pasamos ante el Hotel Duque y bajamos al malecón por el callejón de la Perla.

Allí encontramos a un par de francesitas conocidas, gemelas y atractivas. Aquellas chicas fueron las primeras que vi con el modelo de bikini Saint Tropez, que si no recuerdo mal era como un traje de baño completo al que se le había quitado una banda central, convirtiendo la prenda exactamente en un dos piezas. Se interesaron por la tabla y nuestra futura aventura mientras nosotros seguimos hasta el Gran Hotel en donde decidimos estrenarla metiéndonos al agua.

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Nº303a
Ensenada de Zarauz

Febrero 1960

Instituto Hidrográfico de la Marina

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Recorrido realizado

con Juan Ignacio

desde Itxasoa hasta la playa

Agosto 1967

Probablemente la primera foto de surf en Zarauz

Ilustración del libro

How to surf

1965 Midget Farrelly

Fue Juan Ignacio quien primero entró y quien pudo coger unas cuantas olitas, que más no había, ponerse de pie y dejarme a mí embobado. Cuando acabamos, volvimos a coger la tabla entre los dos y la llevamos al tendedero de Villa Santillana, donde como antes decía, vivían los Aguirrezabalas y donde Juan Ignacio me había ofrecido guardarla. Contiguo al viejo malecón, era un lugar perfecto para dejarla porque comunicaba directamente con la playa. Era como dejarla en la arena, pues solo había que traspasar un pesado portón de metal. Era el lugar ideal, protegida a resguardo, prácticamente en la playa y sin que molestara a nadie y frente a donde por aquella época bajábamos a la playa mi familia, mis a amigos y yo.

Es aquí donde debería dejar claro que aunque siempre se me ha adjudicado a mí el mérito de ser el primer surfista en Zarauz, fue el pequeño de los Chirris, es decir, Juan Ignacio Aguirrezabala, quien primero entró. Podríamos aclarar que él fue quien primero entró y aunque siguió haciendo surf con mi tabla un par de días más, se me ha adjudicado a mí la leyenda por ser el primer residente en Zarauz que tuvo tabla y entró todos los días, o casi todos, durante los veranos de los siguientes 40 años. No olvido aquí a gentes como los hermanos Arteche, que venían de San Sebastían en el tren a pasar el día y a hacer surf, ni a Carlos Pradera y quizás otros de los que desconozco su historia y que cogieron olas esporádicamente en nuestra orilla.

Hay quienes se otorgan el honor de haber sido los primeros surfistas de Zarauz cuando cuentan que le pidieron la tabla a algún extranjero y entraron a coger olas. Suponiendo que sea cierta la historia, a mí no me vale, ya que sería un hecho ocasional, y dudo que aquello que hicieron se pueda llamar hacer surf. Hecho del que de además no hay testigos. Es como si dijéramos que el surf empezó en la villa en el 66 porque Carlos Pradera me dejó intentar coger una ola o si mintiera y dijera que en vez de en ese año, fuera mucho antes. Seamos honestos y coherentes. Entrar a probar una tabla no significa el origen del deporte sino una simple anécdota cuando no una exageración o un pecado de vanidad.

Sin embargo, es posible que fueran Luis Beraza y Jaime Muro quienes deberían tener la gloria de ser los míticos pioneros del surf en Zarauz, ya que semanas más tarde de aquel 2 de agosto, ya en septiembre, coincidimos con ellos en el agua y ellos sí tenían tablas, sabían coger olas y se ponían de pie, aunque fueran tan novatos como nosotros. 

Esto, que suena cómico, lo era. Pero la ilusión puede con cualquier dificultad y lo que parecía casi imposible en un primer momento, dejó de serlo. No sé cual fue mi primer humilde primer éxito, no lo recuerdo. No sé si llegó pronto en la primera vez que me metí o tardó horas en llegar, quizás días. No lo sé. Pero lo que estaba claro es que a pesar de todo era inmensamente feliz y por ello, seguía. Hasta que poco a poco alcancé cierta seguridad, rígido en la tabla sobre las pequeñas espumas.

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Actualmente todo novato tiene una experiencia visual, consejos de quienes saben, videos en internet e incluso un monitor que le ayuda en los primeros intentos. En aquél año, nada sabíamos, nada. Ni cómo tumbarse ni cómo remar. Coger una ola era un misterio ligeramente desvelado por la experiencia que todos en el Cantábrico teníamos de coger olas nadando o con champero. Pero aparte de eso, nada. Nada de nada. Y no digamos cómo levantarse o girar, que no sabíamos que se podía hacer. La ignorancia era total, absoluta, en un mar del que desconocíamos sus leyes físicas.

Así empecé, tratando de coger espumas que me tiraban una y otra vez, cayendo cada vez que intentaba ponerme de pie y sin invento, escapándose la tabla a la orilla con cada fracaso, que lo eran todos. Y si no todos, casi todos.

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Hasta ahí, estaba solo. Juan Ignacio había desaparecido, se había ido de Zarauz pasados un par de días, por lo que seguí pegándome con las olas ya rotas hasta que apareció un francés con una tabla. Él sabía hacer surf y fue él quien me animó a pasar de coger los espumones a intentar coger alguna sin romper. Y allí fui, con más ilusión que valor, porque no lo tenía muy claro. Algo aprendí de su experiencia y consejos, hasta que terminó sus cortas vacaciones en nuestra playa y a los pocos días se fue.

Cada día era una sucesión de errores y golpes. Nada serio porque salvo alguna excepción eran simples caídas al agua, alguna aparatosas o humillantes.

Hablar de estos descalabros, pura rutina de aquel aprendizaje, me hacen recordar que cuando intenté convencer a amigos y conocidos de que se animaran, hubo quien dijo que lo intentaría a final de septiembre, cuando nadie lo viera. Cada uno ve la vida a su manera y todas las formas son respetables, siempre que no ofendan o hagan uso de la violencia. Pero me entristecía, porque se perdieron el placer de llegar a coger olas por timidez o prejuicios, algo que deberíamos comprender ya que aquella era una sociedad muy diferente a la de hoy y los condicionantes sociales muy fuertes. 

No voy a explicar aquí el miedo que pasé, más bien pánico. Siempre he dicho que soy valiente pero menos y estar allí solo, en medio de las olas, en donde sabía que nadie iba a venir a buscarme porque los socorristas de la época, salvo honrosas excepciones, poco salvaban, suponía un ejercicio de valor. Estaba solo en donde cubría, con olas de cierto tamaño y corrientes. E insisto, sin saber nada de las físicas del mar. Desde siempre he sido mal nadador y estar allí, intentándolo, exigía un cierto grado de locura e irresponsabilidad ¿O es eso valor? No lo sé, pero recuerdo con escalofríos el miedo que pasé y del cual creo que no he hablado nunca antes y aquí quiero declarar.

Entrar en la zona de olas sin romper ya exige un cierto esfuerzo. Superar las espumas primero y después la rompiente, exige una cierta experiencia o quizás un poco de entrenamiento. No conocía las técnicas para hacerlo y aquella tabla no era lo que podríamos decir muy manejable para una persona de poco peso y además, neófito en el deporte. No sé cómo llegué, pero allí estaba, tratando desesperadamente de que la incipiente pared de una ola me arrastrara hacia la orilla. No sé cuantas ondas me pasaron por debajo y cuantas por arriba, cuantas me cayeron encima y en cuantas me clavé. Fue por el método de prueba y error por el que llegué a coger la primera ola de verdad. Ola que rompió y que me llevó directo, perfectamente recto en una perpendicular a la rompiente, hasta la orilla, hasta que la quilla tocó la arena. No sé cuantas veces antes de ese éxito tuve que nadar hasta donde termina el mar para recuperar la tabla que había perdido en una clavada o cuando me caí al levantarme. Pero por ese instante había valido todo el esfuerzo. 

En el momento que pisé la arena tras haber recorrido rectilíneamente la distancia existente entre el lugar en donde la onda de la ola se formaba y el momento que la quilla tocó fondo, comprendí que el surf era el éxtasis y así se lo iba a contar a todo aquel que quisiera escucharme.

Llegó de vacaciones Ángel, mi hermano y se apuntó a hacer surf, aprendiendo con cierta celeridad y habilidad. He de destacar que Ángel estuvo desde el principio en los nacimientos de surf en Zarauz. Su natural discreción ha hecho que haya pasado inadvertido en la historia de los pioneros cuando estuvo mucho antes que otros que hoy se pavonean de míticos. Fue de los primeros particulares en comprarse una tabla, una Bilbo que tendía a lo que después se llamó miniboards.

Convencímos a los hermanos Sañudo, Sera y Juan, que también aprendieron. Ya éramos unos cuantos, cinco en total contando a Juan Ignacio cuando estaba por Zarauz. Cinco surfistas y una tabla que dejaba a todos, que compartíamos como buenos amigos y que la seguíamos guardando en el tendedero de Santillana. 

Allí acudíamos a coger el tablón, fuera quien fuera el primero en bajar a la playa. Hasta que un día de aquél maravilloso agosto del 67, en el tendedero no vi la tabla, no la encontré, no estaba. El primer pensamiento fue el que alguien que había bajado antes, la había cogido. Pero en la arena no estaba y en el agua tampoco. Me empecé a preocupar y según fueron llegando todos, ninguno de los cinco surfistas que por aquel momento éramos, sabían de ella, por lo que llegamos a la conclusión de que alguien se la había llevado. La habían robado, en una sociedad todavía muy inocente.

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1967

Juan Ignacio Aguirrezabala
Alfonso Nito Biescas

Serafín Sañudo

Juan Sañudo

Es fácil imaginar la frustración que pudo suponer el saber desaparecida la ilusión de mi vida. La tabla había durado un par de semanas y todavía no se había pagado. Un sueño que acababa bruscamente. Movilizamos cielo y tierra. En aquel Zarauz familiar todos nos conocíamos y todos colaboraron en la búsqueda. Fue algo que hoy llamaríamos viral, todos los conocidos, que eran muchos, rastrearon y buscaron. Un par de días después, Milón Muguiro y sus amigos, que todavía eran niños por aquél entonces, se me acercaron como locos con las bicis y entre palabras entrecortadas por la emoción, me dijeron que la habían encontrado en la calle que iba a la estación, tirada entre los plátanos, junto al muro del convento de las carmelitas.

Allá fuimos y allí estaba, sucia y abandonada. La llevamos de vuelta a Santillana, la limpiamos e investigamos. Parece ser que un grupo de franceses, de aquellos gabachos que llegaban por aquellos años a Zarauz en agosto, la habían intentado facturar en el tren y no pudieron. Sin poder consumar el robo, la tiraron en donde Milón y sus amigos la encontraron, La fortuna nos sonrió. El proceso de nacimiento del surf continuó aunque, de haberse frustrado, hubiera nacido por otro lado tarde o temprano. El surf iba llegar a todo el Cantábrico. Era algo inevitable y la historia nos lo demuestra. Nuestro intento fue el bueno, pero de no haber sido así, hubiera aparecido otro, en cualquier otro momento.

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Citroen Trefle 1927

1965
How to surf 
Midget Farrelli

Aquél tablón de veintitantos kilos lo llevábamos casi siempre entre dos para ir de un lado a otro de la playa. Y cuando probábamos otra orilla, usábamos mi viejo coche, un Citroen Trefle de 1927 que compré de desguace y que se fue restaurando. El hecho de que fuera descapotado, que no descapotable, permitía llevar la tabla cuando se abatía el parabrisas, porque en el coche de Será Sañudo, un Citroën 2CV o  deux chevaux, no encajaba bien, aunque abriera el techo.

Hay quien ha dicho que era un coche de alta gama, un lujo. Quizás si era un lujo el hecho de poder ir descapotado y pasar de los coches que en el momento imperaban. Reconozco que a pesar de haber vivido siempre en el mundo del diseño y tener que estar en la vanguardia de las formas, los coches clásicos me han atraído mientras que los actuales nunca me han gustado. Una incongruencia en mi mundo, cierto. Pero tal como he entendido la vida desde muy pequeño, no doy importancia a la velocidad, a las prisas y a un tipo de apariencia. No tengo interés en el poder o la gloria, muy al contrario de los usos vanidosos comunes entre arquitectos y gentes del diseño, de la moda.

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Seguimos jugando con las olas y esto es algo que empezó a cambiarnos. A nosotros y a las costumbres, a la sociedad. Lentamente, pero inexorablemente. He defendido desde hace muchos años que el surf fue el vehículo del cambio en Zarauz, algo que influyó mucho más que movimientos político-sociales que conmovieron Europa en aquellos años y que a Zarauz ni le afectaron. Además del hecho de que paulatinamente, con el ejercicio del deporte nos íbamos fortaleciendo, desarrollando un cuerpo atlético en una sociedad poco habituada al deporte y por ello poco musculada salvo excepciones, estaba el cambio psíquico y ético que se iba operando en nosotros. Habló por mí, pero quizás con pequeñas variantes podría hablar de todos. El júbilo hizo que superara mi natural timidez y fuera adquiriendo personalidad, alegre por sentirme sano, feliz y con amigos, libre y en comunión con la naturaleza.

Aunque suene decadente, el surf me lo daba todo, salud, amistad, bienestar, felicidad, carácter, alegría, libertad y admiración. Por primera vez en mi vida me sentí respetado y valorado. Gracias a las olas dejé de ser un adolescente gris e inseguro para convertirme en un joven querido. Dejé de ser uno más para ser yo mismo, con mis dudas y alegrías. Las olas me estaban dando el mejor regalo que un ser humano pueda recibir.

Y como decía, comenzaron a cambiar las costumbres. Hasta aquél entonces nadie iba a la playa por la tarde, ningún veraneante bajaba a la arena tras la comida. Fuimos los surfistas los que rompimos la costumbre, la regla. Si había olas por la tarde, cogíamos el traje de baño y nos íbamos al agua. De uno en uno, porque solo había una tabla, pero todos.

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Hay hechos que van marcando la realidad. Eran muchas horas con alguno de nosotros en el agua tratando de coger una ola, cayendo y llegando la tabla a la orilla. Fueron muchos los que nos vieron o nos devolvieron la tabla, los que de alguna manera nos ayudaron y, a alguno tentó. No pasó mucho tiempo hasta que un grupo que pertenecían al Club Euromar se acercaran a preguntarnos sobre el surf, en dónde se podían conseguir o comprar tablas, cómo se hacía, etcétera. Las preguntas lógicas e inmediatas de quien quiere coger olas y no sabe por donde empezar. Porque lo recuerdo una vez más, en aquellos tiempos no había información ni en blanco y negro, que de ese color y desenfocada es como emitía la televisión, prehistórica.

Beatas

Bursitis prerotuliana

Decía que un día se acercaron y preguntaron, empezamos a hablar. Eran Andoni Eizmendi, José Carlos Goyeneche, José Carlos Martinez de Aranguren, Vicente Porta y Juan Miguel Amunchástegui, todos socios y amigos del Club Euromar y querían saber. Es difícil explicar lo que no se sabe pero la ilusión hizo que les explicáramos lo mejor que pudimos lo poco que sabíamos, o quizás debería decir de lo que poco a poco nos íbamos enterando. Habíamos oído que en Francia, en Biarritz especialmente, se podían comprar tablas, nuevas o de segunda mano. La frontera estaba a 42 kilómetros, pero como ya he dicho, estaba muy lejos. Había que cumplir muchos requisitos que no todos teníamos para poder pasarla. Pasaporte, carta verde, francos, permisos, coche, etcétera. 

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En Biarritz estaba la tienda de Jo Moraïz, y se decía que allí había todo tipo de material relacionado con el surf, por lo que suponíamos que podían encontrar tablas, nuevas o de segunda mano, o les podrían decir donde encontrarlas. Entre risas les fuimos aconsejando lo que buenamente suponíamos, porque como ninguno había estado allí, nadie sabía nada con certeza. Mientras, podían probar con la mía, la que todos compartíamos.

Recuerdo que fue una reunión muy agradable. Creo que se fueron muy contentos y decididos, a nosotros nos cayeron bien. A los pocos días aparecieron con tres tablones traídos de segunda mano de Francia: Eran tres Barland/Rott, modelo Malibú como la mía, en bastante buen estado. Nadie recuerda lo que se pagó por ellas, siendo un refuerzo importante a la única tablón que hasta entonces teníamos.

Este momento significó un cambio brutal, radical, en la historia del surf en la playa de Zarauz. A partir de entonces dejamos de estar solos más allá de la rompiente para estar siempre acompañados. Lo normal era que estuvieran las cuatro tablas en el agua, juntos en el mismo pico. Se acabó el hacer surf en total soledad, lo que significó que las olas se empezaron a compartir. En el egoísmo del surf actual, esto es simplemente inaceptable, impensable e imposible, pero entonces era normal que dos o tres fueran en la misma ola y este hecho tiene explicación. En los principios, no sabíamos girar e íbamos rectos. Entonces cabíamos todos, que éramos muy pocos, en la misma ola. Y además, éramos felices de ir con un amigo disfrutando aquél maravilloso placer, que luego comentábamos en la orilla. De hecho, Jose Carlos Martinez de Aranguren, Carolo para todos, tenía la costumbre, o gusto, llámese como se quiera, de acercarse con su tabla a algún otro surfista, situarse junto a él algo más arriba en la pared y pasarse a la tabla de quien iba tan feliz. Y a partir de allí, en lo que en la época se llamó tandem, tratar de seguir los dos juntos en una tabla, algo realmente divertido en días de olas con poco tamaño.

Poco a poco, en nuestras humildes olas, fuimos descubriendo la técnica en un ejercicio autodidacta de grupo. Quien encontraba un camino, lo explicaba a los demás. Y se investigaba y desarrollaba si era válido. Así aprendimos a girar. Y a remontar remando de rodillas, lo que creaba lo que se llama beatas o bursitis prerotuliana, unas enormes bolas de grasa que el cuerpo desarrolla para defender la rodilla de la agresión que esta sufre, una particularidad típica de los surfista de aquéllos años.

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Lo probamos todo, desde ocurrencias que más bien eran inventos del TBO, tales como usar escarpines de traje de goma de buceador, que de surf no había, para evitar resbalar por la deslizante superficie de las tablas cuando no tienen la suficiente parafina. O darnos friegas de alcohol para entrar en calor, porque sin trajes de goma, las tardes en las que se prolongaban los tiempos en el agua suponía salir con los labios amoratados y tiritando, según entraba el otoño pasábamos más frío

Tortuga

How to surf

1965 Midget Farrelly

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Hasta aquél momento todos los surfistas eran veraneantes, ajenos a Zarauz. Los había de San Sebastian, Bilbao, Madrid y Zaragoza, de donde era mayoritariamente el turismo en aquellos años. Fue la llegada a este mundo de José Andrés Illarramendi, nuestro querido Chiqui, quien le dio un acento más local, pues no siendo de Zarauz, casi lo era, pues tenía familia y orígenes. Chiqui, a quien conocíamos de siempre y al que personalmente siempre quise con devoción, se incorporó al surf en las semanas iniciales, siendo con su nobleza la primera expansión del deporte fuera de la zona de las villas.

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Aquello se empezaba a animar, pues a los cinco surfistas del primer inicio se habían ido agregando los del Club Euromar, Chiqui y otros como Carlos Goyeneche, primo de Jose Carlos Goyeneche. Y los que quizás empezaron con todo, Luis Beraza y Jaime Muro. El surf crecía, habiendo pasado en poco más de un mes, de ser un deporte inexistente a ser una práctica continuada por un grupo de ya más de quince, más todos aquellos que probaban y lo dejaban.

Probablemente me dejo alguno, de quien no tengo la certeza de situar en una fecha, en un año, por ser relativamente ajenos a mí círculo y que con los datos que me dan no me salen los números. 

Fuimos aprendiendo del mar y sus leyes. Observamos como las olas eran mayores o menores según la zona de la playa, correspondiendo el mayor tamaño al área en el que la playa quedaba menos protegida por el Ratón de Guetaria. Cuando comenzamos a controlar un poco y buscábamos más tamaño, nos desplazamos de la zona de Santillana hacia el final del malecón antes del desierto pequeño.

José Andrés Chiqui Illarramendi

Fue allí en donde coincidimos con Luis Beraza y Jaime Muro, ya en septiembre, Con naturalidad se unieron al heterogéneo grupo que formábamos aquellos jóvenes unidos por las olas. El surf rompió y creó muchos lazos. Algunos de nosotros olvidamos a los amigos de las cuadrillas de siempre para formar otras basadas en el surf, su práctica y sus historias, una sociedad que nacía y crecía en la playa, una sociedad con coordenadas que se centraban en la orilla.

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Verano 1967

Archivo B&B

Ignorantes por aquél entonces de prácticamente todo, fuimos aprendiendo de la naturaleza e, integrándonos en ella. Sin querer, además de desarrollar el deporte que hoy es signo de identidad de la villa de Zarauz, comenzamos a crear una subcultura que vivía y se desarrollaba en la playa pero que fue afectando a la sociedad de los veraneantes.

Un movimiento minoritario que con el tiempo llegaría a todos los habitantes del lugar. Nacía la Beach Society zarauztarra. Algo que se iba definiendo día a día, diferenciándose de la sociedad que hasta entonces había sido la estándar.

Si alguien me hubiera preguntado en aquel momento cómo había conseguido arrastrar a aquellos queridos amigos en aquella aventura le hubiera contestado que cuando uno tiene verdadera e intima fe en algo, lo consigue. Es un problema de tiempo, pero alcanza su objetivo. Es lo que ahora se define como grit, un conjunto de habilidades que hace que determinadas personas no cejen en su objetivo. Una determinación feroz que actúa de dos maneras. Por un lado, muestran una fortaleza y una tenacidad extraordinarias. Por otro, saben, a un nivel muy profundo, lo que quieren en la vida. es decir, tener determinación, y además saber adónde quieren llegar. Esta combinación de pasión y perseverancia es lo que distingue a los grandes triunfadores. Era mi caso en aquél momento. Un hecho que me ha reportado un muy importante aprendizaje a la hora de enfrentarme a proyectos o problemas que la vida me ha presentado.

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1967

Archivo B&B

Por otra parte, desde siempre he pensado que el surf es algo que casi todo el mundo quiere hacer, está en nosotros, es parte de alguno de nuestros sueños. Es decir, no me fue muy complicado conseguir que el germen de lo que años más tarde sería un fenómeno social, comenzara gracias a la determinación creada por una ilusión larvada durante muchos años.

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Recuerdo que hicimos surf hasta pasado la Virgen del Pilar. Aquél año, la Universidad empezaba tarde y pude quedarme hasta mediados de octubre, disfrutando de los últimos días de olas y de buen tiempo. Como no teníamos trajes de goma, seguíamos entrando a pelo. Ello hacía que saliéramos del agua helados, arrugados, con dolor en pies y manos y los labios amoratados.

El verano del amor, como se conoció al de 1967 por el desarrollo del movimiento hippie, llegaba a su fin. El sueño había empezado.

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1967

Archivo B&B

Si siempre se me hizo muy duro volver a la ciudad en la que estudiaba arquitectura, aquél otoño me pareció aterrador. Tras vivir un tiempo de felicidad absoluta, algo que desde entonces he considerado una forma de éxtasis, volver a una ciudad en la que nunca me encontré cómodo, en la que nunca tuve amigos, en la que me tenía que enfrentar a la soledad y a una carrera que he de reconocer que me desbordaba en sus primeros y muy difíciles años, en los que el exceso de estudios de asignaturas como Cálculo infinitesimal Superior o Álgebra Moderna me exigía el máximo intelectual y de disciplina, supuso el desarrollo absoluto de aceptación primero y resignación después. Pero también he de reconocer que el recuerdo de aquellos días de verano me ayudó sobremanera. Tenía algo en lo que pensar, recordar, soñar y creo que esta es la explicación de cómo fui capaz de desarrollar un impulso que proyectado en el surf abrió muchos caminos.

Surfer Magazine

Volume eight

Number five

November 1967

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La revista que recibí en la FEEN iluminó muchas noches de soledad, muchas horas de ilusión y sueños. Aunque la conservo, está hecha polvo más por el uso que por los años. He de aceptar que gracias a ella mi muy humilde inglés mejoró, porque cada texto traté de traducirlo, diccionario en mano y con verdadera pasión.

El surf significó mucho para mí en aquellos años, mucho, tal como he tratado de explicar en todas las líneas que anteceden en este apartado. Es algo que aprecio cuando comparo los cuadros o trabajos gráficos que conservo de antes y de después de que me pusiera a coger olas.

En la misma escalera de la casa de mis padres vivía un periodista deportivo de gran prestigio en la época. Juan Segura Palomares, ejemplar profesional, encantadora persona, era invitado asiduo de televisiones y radios. En mis ilusiones, pensé que por ser de trato fácil y amable, con prestigio y contactos en el mundo deportivo, me podría ayudar con la tarea de hacer del surf un deporte más conocido, por lo que armándome de valor, pues insisto en que en aquellos años era yo muy tímido, bajé a verlo. Recuerdo que me recibió y escuchó con cariño y tras oír mis explicaciones, sugirió que me dirigiera a la Federación Española de Esquí Náutico, que en aquellos momentos pasaba por días de gloria. 

No recuerdo si fue al día siguiente cuando me dirigí allí siguiendo las indicaciones recibidas de Juan Segura. Me recibieron, me escucharon y prometieron hacer gestiones en las altas esferas del deporte. De momento, me regalaron un Surfer Magazine, revista de la que desconocía su existencia y cuya posesión me hizo inmensamente feliz.

Lo siguiente era conseguir una subscripción, algo bastante complejo en aquellos años. La única forma era a través de un librería que lo gestionara y que cobraba por los trámites. Así que cogí el sobre que encontré en el ejemplar que me habían regalado y encargué a la Librería Francesa de Barcelona que me apuntara para recibirla en casa.

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Surfer Magazine 1967

Sobre de subscripción 

Precio anual $5.00

12 de diciembre de 1967

Diario de Barcelona

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Con anterioridad a aquél feliz verano del 67, mi trabajo gráfico tendía a un expresionismo muy duro que ahora comprendo como expresión de unos años que fueron muy difíciles, un tiempo en el que la soledad, el trabajo exhaustivo para aprobar asignaturas que me parecían absolutamente ilógicas en la carrera de arquitectura y a las que debía dedicar casi todas las horas del día, no dejaban espacio para mucha felicidad. 

Pero he de aceptar que aquel tiempo tan negro fue una prueba que por padecerla, me ayudó en mi formación intelectual y sobre todo humana. Tuve la suerte de vivir una gran lección de la vida, que una vez superada, me ha permitido vencer otras dificultades posteriores con mayor fortuna que quienes no pasaron por tan amargos momentos. Un tiempo aquél que me obligó a crear un mundo interior, un universo que me dio creatividad e ilusión, coraje e ilusión, tesón, que luego apliqué a los primeros años de surf y que me permitieron dar el empuje que en aquellos días necesitaba.

Pasados los peores años de mi existencia, el surf iluminó mis días. Lo que hasta entonces había sido una vida en blanco y negro pasó a ser en color. Y ello se reflejó en los trabajos, diseños y pinturas que realicé a partir de aquél momento. Y en mi vida.

Bocetos de desnudos

Restos de otro tiempo